“No estábamos preparados”, fue la primer frase que emitió mi padre la mañana siguiente, después que enterráramos a mi abuela paterna. Una fecha como navidad en donde las personas visitan a sus familias, celebran, ríen y comparten juntas, esta vez se unen por un motivo tan particular, como lo pueden ser los bailes o las plegarias de navidad, pero sin ninguna pizca de alegría: la despedida de un ser querido que nunca volveremos a ver en nuestra vida como mortales.
La navidad pasada parecía ser como cualquier otra navidad vivida: sin contratiempos ni mucho menos dolor, todo parecía estar normal. Los negocios de mi padre en el área de publicidad con la cual trabaja iban mejor que en cualquier otra fecha del año, las visitas familiares no se hacían esperar para desear buenos propósitos y por supuesto, pensar en los regalos para toda la familia era algo indispensable antes de llegar el tan anhelado 24 de Diciembre, día que arrojaría grandes diferencias respecto al día que planeábamos tener.
El día domingo 14 de diciembre, entablaba las mismas actividades que aquel día nos deponía: ir a la iglesia cristiana a la que asistimos en la mañana, descansar unas horas en la tarde y en la tarde- noche volver a la iglesia para así cerrar el día dedicado a Dios. Todo iba según lo anteriormente citado, hasta que en el intermedio del almuerzo sonó el singular timbre del teléfono que interrumpió por un momento el almuerzo (y luego la tranquilidad) de la familia, contesté y lejos de pensar en una mala noticia, oí la voz de uno de mis tíos con expresión de preocupación fría y entenebrecedora, que en tonos diplomáticos y serenos, al principio sólo adjudicaban la razón de su llamada a un saludo familiar “para ver como estábamos”, luego la preocupación se hacia evidente y la mala noticia salió a flote: - “Mijo, la verdad es que no quiero ser portador de malas noticias, pero llamaba para decirle que su abuelita tuvo que ser trasladada al hospital San Pablo (en Bosa), porque sufrió un desmayo después de tomarse un cafecito” - .
La verdad a primer impacto no me pareció algo de preocupación la noticia, pues ya en años anteriores había tenido incluso alteraciones en su salud aun más graves, como la que sufrió a mediados del 2006, donde estuvo por más de quince días en estado de coma profundo debido a un derrame cerebral, o la intervención que hacia pocos meses le habían hecho en una de sus rodillas, donde casi muere por una baja en la tensión.
Aun así esta noticia no dejo de alarmar a mi papá, quien su instinto de hijo le decía que algo malo iría a suceder con mi abuela. Inmediatamente, tomamos un bus hasta llegar al hospital, pero aun así en todo el trayecto se veía el semblante de él apesadumbrado y cada vez más aumentaba la ansiedad de ver el rostro (por ultima vez, aunque no lo sabia) vivo de ella. A la entrada del hospital vimos las figuras expectantes de tres tíos sentados en las sillas de la sala de espera, que una vez más esperaban un milagro “del de arriba”.
Tuvimos que esperar algunos minutos para poder ver a mi abuelita en la sala de cuidados intensivos, hacia meses, tal vez casi un año no veía a mi abuela, y ahí estaba, con su rostro pálido, diciendo sin palabras que había llegado el tiempo de su despedida, pero a la vez la observaba con una paz interior muy grande, en cuyas palabras que fluían de su subconsciente decían solo Dios, lo cual se debía al inmenso amor que le profesaba a este ser sobrenatural. Mi padre después de esta corta visita, que no duro más de cinco minutos, seguía aferrado al verla viva y así partimos de nuevo para nuestra casa a descansar, descanso que se convertiría en una vigilia, esperando nuevas noticias de la salud de ella, en medio del frio que no sólo hacia en la ciudad sino también en los corazones de toda la familia.
Al otro día, además de esperar noticias acerca de mi abuela, era necesario ir a trabajar,así que yo decidí acompañar a mi padre ese día por si surgía cualquier novedad. La mañana transcurrió en total silencio, al igual la tarde hasta las 3: 50 aproximadamente, cuando el timbre del celular irrumpió en ese silencio tortuoso al que nos veíamos expuestos, y como acto reflejo, aquel hombre distraído pensando en su mamá contestó: - Alo, Hola Nepo (uno de mis tíos) como sigue mamá- a lo que una respuesta reflejada en el rostro acongojado e impotente de mi padre se tejía: Mi abuela había muerto.
Inmediatamente él dejo todo su trabajo tirado en medio de la nada, entre tanta confusión que traía consigo el momento y entre sollozos y tormentas en su corazon que no quería reflejar por las personas que estaban a su lado, llegamos a la casa y ahí desahogo todo el caudal de sus sentimientos y junto con mi mamá se consolaron mutuamente; en pocas horas muchos amigos se habían enterado, así que, en las horas de la noche muchos llegaron a acompañarnos en el dolor, sentimiento que emergía más fuerte debido a que por gestiones legales no fue posible sacar ese mismo día el cuerpo de mi abuela del hospital.
La preocupación era evidente por parte de mi familia con respecto a como había tomado mi padre el fallecimiento de su mamá, pues ya algunos lo habían asimilado, pero el seguía sumergido en ese universo imaginario donde ella todavía vivía y se quedaría muchos años más junto a él, recordando, entre sus pensamientos dispersos y desolados, lo ingrato que fue con ese ser que le dio la vida por no visitarla continuamente debido a sus ocupaciones y por supuesto, lo buena que ella había sido con él hasta su ultimo día de existencia:
- Recuerdo que mi viejita hace ocho días (una semana antes de morir) mando llamar a Uvita (otra de mis tías) para saber como estaba, porque ella siempre vivió preocupada por mi - dijo mi padre, y luego de esto, un silencio penetro en la casa hasta el día siguiente.
La mañana siguiente era fría y nublada, opuesto al jolgorio que se sentía en la calles, pues era el primer día de novenas navideñas, los villancicos retumbaban en los parlantes viejos que han perdurado en la iglesia desde que tengo memoria y las risas callejeras parecían contrastar truculentamente con nuestra realidad. En pocas horas nos arreglamos para ir al funeraria “El Apogeo”, que contrario a su significado, se vivía bajo un aroma de desesperanza y fin existencial apenas se entraba al recinto, que curiosamente en su entrada tenía un árbol de navidad, deseando con un rotulo inmensamente grande, así como descarado a mi parecer), feliz navidad (me imagino que esa feliz navidad también incluía a los muertos).
La sala aun estaba ocupada y dentro de ella se escuchaban sollozos de personas que impedían que el féretro fuera sacado del lugar, cuando por fin, después de una hora eterna trajeron el frio lecho de madera, cuya primer reacción por parte de mi mamá le generó un súbito desmayo y desconsuelo total que al igual que mi padre le preguntaban a Dios: ¿porqué ahora te la llevas?
Las personas a medida que transcurría el día iban llegando y entre cultos e himnos religiosos se hacían presentes los amigos y familiares que ni aun conocía, convirtiéndose por instantes en una reunión social más, donde la persona que estábamos despidiendo de esta tierra pasaba a un segundo plano, llegando incluso a los extremos en los cuales se hacían bromas y chistes en tal “recepción”.
Sin duda fue un día demasiado largo, que terminaría aproximadamente a las once de la noche y que continuaría el día siguiente, que no quisiera imaginar por un instante, y aunque muchos dijeron no llorar y ser fuertes, seria lo contrario aquello que observaría en el cementerio y aun antes de la emotiva ceremonia de exequias, enmarcada por supuesto, por un culto evangélico lleno de canticos y alabanzas que culminarían en el cementerio en sentidas palabras y reflexiones acerca de la transitoriedad de la vida y la esperanza de poder hacer cosas buenas mientras haya vida (practicas que solo quedan en el instante porque luego todo se nos olvida) y después de ello apreciar como montones de tierra caían sobre el ataúd y de ahí en adelante, contemplar una vida sin ella, con algunos remordimientos por no mostrar tanto interés por aquel ser tan especial o por no haberle dado en vida todo lo que una buena madre y una buena abuela se merecía, lo cual no significaba que no la quisiéramos, sino que el tiempo al mejor estilo de la película estadounidense Click nos convierte en esos Michael Newman, que trágicamente vemos nuestro destino reflejado junto a dos velones y la figura de un Cristo crucificado, contiguo a una caja que nos demuestra que no somos eternos y que un día más, como lo dice mi mamá desde que tengo consciencia , es un día menos para vivir y hacer las cosas que realmente importan: vivir la vida.
Sin embargo, como lo diría el mismo pastor evangélico que ofició dicha ceremonia, la vida sigue y nada se puede hacer, no podemos detener el tiempo ni mucho menos suspender los compromisos de toda índole que tenemos en nuestra rutina diaria, así que, no hubo tiempo para duelo, era necesario seguir trabajando, por lo que en menos de tres horas después de dejar a mi abuela en aquel frio lecho de tierra, tuvimos que ir a laborar (casi a las seis de la tarde) para sacar los trabajos acumulados los días anteriores.
Por supuesto, los amigos y trabajadores vecinos dieron sus condolencias bastante superficiales y en algunos momentos molestas: - Don Álvaro, mi sentido pésame- o -eso nos pasa a todos- y aun algunos con comentarios más cínicos – Aunque a mi no se me ha muerto mi mamá, eso tranquilo que no ha pasado nada, eso en pocas semanas se le pasa- , y así, pasaría un día más, día que en el calendario ojala jamás hubiera pasado, donde el olvido y el silencio marcarían la pauta para no solo enterrar los despojos mortales de mi abuela sino también para dejar junto a ella el recuerdo de este cruel día del destino.